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Cosas que me… hacen sentir vivo (miedo y asco en Honduras 1)

Si ya leyeron el libro de Hunter S. Thompson al que trata de hacer referencia este título (o si vieron la película), quiero aclarar dos cosas:

  1. No cargo una inmensa máquina de escribir conmigo, sino una computadora.
  2. Cuando ando viaje, también me pongo pantaloneta y camisas extravagantes.
  3. Generalmente viajo solo.
  4. Estoy sobrio.
  5. No ando escribiendo un reportaje acerca de un rally en Las Vegas, sino que estoy participando en XIII Congreso Centroamericano de Historia.
  6. Solo puse el título así porque siempre soñé con escribir algo llamado (“Miedo y asco en [coloque el nombre de un país]”).
  7. No he destruido la habitación y ya es el cuarto día acá.
  8. Sé que fueron más de dos, pero los siete detalles anteriores me parecieron aspectos muy importantes de explicar para evitar que si mi jefe lee esto me despida al pensar que andaba poniéndome bien pedo por Honduras.

Ahora sí, resulta que desde hace un tiempo cada año participo en un congreso académico relacionado con Centroamérica, específicamente con su literatura. En 2013 fui a Costa Rica a presentar un artículo que escribí sobre mi tesis y que luego publicó la revista Istmo (no tiene nada que ver con la universidad. Lo aclaro porque cuando salió varias personas me dijeron que no comprendían cómo una universidad del Opus Dei había publicado un texto acerca de Estuardo Prado). En 2014, fui a El Salvador a hablar acerca de la poesía del Bolo Flores como un espacio de memoria. En 2015, fui a Puerto Rico y hablé acerca de editoriales contrahegemónicas en Guatemala (se supone que ese sería el tema de mi frustrada tesis de maestría). El martes de esta semana, presenté acerca de las novelas Yo, artista de Diego Ugarte y Bohemia sentimental de Gómez Carrillo y su relación con los valores de la posmodernidad y la modernidad, respectivamente. Esta larga introducción solo me sirve para contextualizar las anécdotas que les contaré en las siguientes semanas.

Una de las tradiciones de estos viajes es que publico en mi Facebook un reporte de cada día, pero resulta que este año tengo una agenda un poco más cargada y llego cansado al hotel, así que no he escrito mucho. Entonces, una amiga, de esas amigas con las que uno se divierte, me escribió ayer para preguntarme que quién putas era yo para creerme con el derecho de no contar mis anécdotas de viaje. Así que acá estoy. Decidí que mejor voy a hacer mi diario del congreso por acá.

Bueno, empecemos.

 

La llegada a Honduras

Decidí venirme en bus porque quería tener la experiencia de viajar solo en bus durante todo un día. Salí de mi casa a las 6:55 y llegué al hotel en Tegucigalpa a las 21:35: catorce horas y cuarenta minutos de viaje… por momentos, me arrepentí de no haberme venido en avión, pero el hecho de no sostener ninguna conversación de más de dos minutos durante un día completo fue riquísimo, un oasis de paz en mi vida, pues hay momentos en la oficina en que tengo que hablar de cosas distintas con dos personas al mismo tiempo. Por fortuna, en el tramo Guatemala-San Salvador, el tipo que iba al lado sabía muy bien para qué fueron inventados los audífonos y no intento hablarme en todo el camino. Cuando nos íbamos a bajar ya en la vecina república de las pupusas y el Mágico González sacó un lápiz de su bolsillo y me preguntó si era mío; como no le quería hablar, le hice una mueca para indicarle que no y le sonreí (el lápiz sí era mío, pero no fuera a ser que el chavo quisiera ponerse a platicar acerca de cómo ese lápiz, al que quería mucho, me había salvado del tedio en medio de reuniones de trabajo: un montón de oraciones sin sentido, versos memorizados involuntariamente y dibujos en mi cuaderno del trabajo lo atestiguan. Solo me despedí con nostalgia del lápiz y bajé.

Teníamos 40 minutos para almorzar y regresar al hotel a tomar el bus que se dirigía a Tegucigalpa, así que la lógica me hizo caminar al Dennys que está sobre el bulevar Revolución, donde hace dos años cuando estábamos almorzando con Julia un tipo se nos quedaba viendo desde la puerta, yo ya me había preocupado, aunque el señor no se miraba hostil y hasta me parecía familiar, se nos acercó (y yo ya estaba listo para pelear a muerte mientras defendía a Julia) y nos dijo: “dejaron esta billetera en el taxi”, resulta que era el taxista que nos había trasladado desde el centro de San Salvador hasta la San Benito. Ahí estaban las tarjetas y los documentos de Julia, así que le agradecimos un montón y, luego, nos carcajeamos por un buen tiempo. Entonces, se imaginarán el cariño que siento cada vez que entro a ese restaurante. En lo que salí del baño y llegué a Dennys ya solo quedaban 30 minutos. Entré y el lugar estaba llenísimo (era el mediodía del domingo), le pregunté a un mesero y me dijo que no creía que una mesa se desocupara en tan poco tiempo. Entonces, ya un poco angustiado por el hambre y la prisa, decidí que debía comer en Wendys o en Papa Johns, como la hamburguesería estaba más cerca, me fui para ese lugar. Ahí estaban los michoacanos que se dirigían al mismo congreso que yo y venían en el mismo bus (supe que son michoacanos en la temible frontera El Amatillo y luego me los encontré y platicamos varias veces en la Hacienda El Trapiche, sede del congreso, pues la UNAH está ─creo que anoche vi en las noticias que ya no─ en huelga estudiantil). Me tragué esa fea hamburguesa con tocino, fría y seca, de casi ocho dólares. Llegué al hotel unos cinco minutos antes de lo solicitado y salimos de ahí como 25 minutos después: los maldije por impuntuales y haberme robado la oportunidad de comer en Dennys.

El tipo de los audífonos se quedó en el país de Roque Dalton. En su lugar, se subió una joven y guapa mamá del niño latoso que iba en los asientos de atrás con su papá. Por cierto, en el tramo Guatemala-San Salvador, vi “Mi gran boda griega 2”, una terrible comedia que reproduce los valores de la sociedad moderna más conservadora: no la miren, por favor, pero si ya la vieron ahora vean una maratón de “Mamá adolescente” en MTV o algo así de poco perturbador en comparación con la película, que lo único que tiene de bueno es a la chavita. Y de vuelta en el bus para Honduras con la joven y medio bella madre: tenía toda la intención de no hablar con nadie, así que me puse los audífonos, aunque no los conecté a nada. En esas poco más de siete horas, releí Bohemia sentimental y Yo, artista. Escuché música. Vi fragmentos de una película. Pinté un óleo. Recordé mi adolescencia y descubrí el origen de todos mis traumas amorosos (no, no es cierto, no pinté un óleo, pero estoy seguro de que me habría dado tiempo, incluso de aprender a pintar un óleo, pues esta es una de las miles de cosas que nunca he hecho y que no me interesan aprender).

Uno de los dos momentos más aterradores hasta el momento me sucedió en el intermedio del viaje, cuando tuvimos que bajar a la frontera El Amatillo. Pero antes de ese terrible y tenebroso pasaje, les contaré acerca de la linda y seria policía antinarcóticos que se subió al bus antes de salir de El Salvador para indicarnos que debíamos decirle nuestro nombre, yo quise que me preguntara si llevaba drogas de contrabando a la tierra de las baleadas y de Milton Omar Tyson Núñez para poder contestarle: “”No traigo drogas, pero para qué quiero drogas si tus ojos son cocaína en estado puro y me ponen speed”, pero cuando llegó a mi asiento solo me vio fijamente para insinuarme que le diera mi pasaporte. Lo revisó e hizo un cheque en su lista con un lápiz (¡oh, terrible nostalgia que nos atacas en los momentos más vulnerables!) que me recordó a mi viejo y ahora huérfano lápiz que negué y abandoné en El Salvador (¿Qué será de ti? ¿Alguien hace garabatos contigo y te dice que te ama luego de sacarte punta?). La frontera: no la describiré mucho porque es probable que tiemble mientras me desayuno estas baleadas y los asiáticos que también se hospedan en este hotel y desayunan cereal en completo silencio (como si hubieran sido alumnos del señor Miyagi) me van a voltear a ver y me harán un ataque kame kame ha. El Amatillo es feo, sucio, desordenado, caótico, con tipos que te amenazan para pedirte dinero y otros tipos con pinta de malos que te defienden de los extorsionistas, pero luego te piden dinero también, asfixiante, sobrepoblado. Turbio. Me sentí como Mel Gibson en aquella película Atrapen al gringo. La verdad es que estar en esa frontera te sirve muy bien para conocer la esencia de Centroamérica. Estuve casi dos horas ahí. Platiqué con un michoacano especialista en historia ambiental (hablamos por lapsos de uno o dos minutos cada diez o quince minutos).

Ya en Tegucigalpa, el taxi del hotel no me estaba esperando y, como no tenía batería en el teléfono, decidí hacer lo que todos me recomendaron que no hiciera: paré un taxi en la calle y le pregunté con mi acento más hondureño posible cuánto me cobraba por llevarme a tal hotel. “Diez dólares”, me contestó. Ahí supe que mi estrategia por hacerme pasar por catracho no me funcionó, además tenía la maletota conmigo. Me subí, llegué al hotel. Llamé a mi esposa. Hablamos un buen tiempo. Como a las tres horas, me dormí. Todo bien.

Ya había hecho el viaje más largo de mi vida, pero las aventuras aún estaban por comenzar (perdón por esa frase tan cliché, digna de la Glow). Al siguiente día, el lunes, viví el viaje en taxi más aterrador de mi vida: pensé que me iban a secuestrar, matar, violar (no sé en qué orden), pero luego, como le dije a mi amiga Ana Mónica Thomas por teléfono, me parecía que no era posible que muriera a manos de una tipo que decía: “ese semáfaro se tarda mucho”, “voy a bajar toda la bajada”, “hay que subir esa subida”… pero eso se lo contaré con todos los detalles la siguiente semana. Por el momento, les dejo las siguientes preguntas para que adivinen cómo me ha ido en Honduras:

  • ¿Me descuartizó y violó el taxista?
  • ¿Cómo conocí la hondureña más lista y linda del mundo?
  • ¿Por qué sé que hay una profesora de una universidad de Los Ángeles que me odia con todo su guanaco corazón?
  • ¿Qué hacer si tu ponencia se te cae en el baño una hora antes de presentarla y estás en un país desconocido?