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Cosas que me… hacen sentir orgulloso (la poesía de mis alumnos)

Soy profesor. Hace casi siete años empecé a trabajar en un lugar increíble donde me dan la oportunidad de hacer las cosas que siempre soñé hacer como profesor. Sí, ya sé que esperan que escriba comentarios sarcásticos acerca de cosas que se relacionan con mi vida y luego trate de hacer una reflexión general sobre el mundo a partir de esa experiencia concreta, pero llevo unas dos semanas sin escribir (porque no he tenido nada de tiempo) y desde hace un par de días me he querido sentar para contarles acerca de esta actividad que realizo en mi clase y que me hace sentir orgulloso…

Todo empezó cuando recién había empezado a dar clases en este colegio que les cuento. Al entrar, mi trabajo era coordinar el área de lenguaje de Secundaria y, por lo tanto, dar el curso de literatura de Quinto Bachillerato. Como creo que enseñar historia de la literatura como fin último es tan útil como inscribir a un vegano en una clase de cata de jamones, organicé mi clase de acuerdo con un eje por tipo textual y no en orden cronológico como lo hace casi todo el mundo. Por lo tanto, decidí que en cada unidad me iba a enfocar en un género literario y que a partir de ahí iba a trabajar todas las competencias que plantea el CNB. Empecé con la poesía; por lo tanto, mis alumnos leyeron, analizaron y escribieron poesía.

Cuando vi que había buenos poemas me pregunté por qué no los publicábamos en un libro bonito. Fui con la directora académica, una poeta de Rin 78 y se lo planteé, le gustó la idea y me dijo que podíamos hacer algo, pues era una bonita propuesta, así que le tenía que plantear la idea al director administrativo (por la cuestión del costo de hacer un libro y todo eso), aún no lo conocía, ya que tenía menos de dos meses de trabajar ahí. Me dirigí a su oficina con un poco de miedo, ya que estaba acostumbrado a trabajar con personas que no siempre compartían mis ideales o no comprendían mi visión pedagógica del mundo. El director me dijo que le parecía una buena idea, pero que había que concretarla: cotizar imprentas, editoriales, ver qué onda con la portada y todo eso… lo hice y para inicios de mayo ya teníamos un libro listo. Organicé un concurso de dibujo para la portada, revisamos los poemas, le pedí a la directora que escribiera un prólogo, platicamos con los alumnos acerca de posibles títulos y fui con el diseñador del colegio, que es un artista genial, y con el director administrativo, que resultó que también es un artista genial y una persona con una claridad mental como pocas he visto en mi vida. Lo mandamos a una editorial profesional y el resultado fue hermoso: Los últimos versos (acabábamos de leer a Neruda y los chavos estaban muy emocionados con sus versos). Luego de tener todo listo pensé en hacer una presentación, invité a Carolina Escobar Sarti, una poeta que me gusta mucho y que había sido mi profesora un par de años antes. La presentación fue bella. Varios patojos se quedaron con la espinita de la poesía, así que me di por satisfecho con el trabajo.

Al nomás terminar el proceso, el director se me acercó y me dijo que la idea había estado bien y que ahora había que ver en qué se podía mejorar para el siguiente año. Así, leer poesía, escribirla, editarla y publicarla se convirtió en una tradición que ya cumplió siete años en el colegio. Cada año hemos repetido este proceso, por lo que ya llevamos siete libros de poesía publicados. Hay poemas fantásticos y hay otros no tanto. Hemos profesionalizado todo un poco más cada vez, por lo que cada año el libro sale un poco mejor en cuanto a la calidad técnica del libro como objeto se refiere.

Cada año, hay un grupo de patojos que se quedan picados con la poesía, lo que me emociona y me hace sentir orgulloso de mi trabajo. Me provoca una felicidad inmensa el hecho de lograr que un grupo de adolescentes casi adultos acepten su ser sensible, lo plasmen y lo compartan con los demás. La noche de la presentación es una de mis noches favoritas en el año, ya que puedo ver el trabajo de todo un año sintetizado en alrededor de cien páginas. Este año no fue la excepción.

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El libro de poemas de esta promoción se llama Bajo la piel, una propuesta de título que hizo la misma estudiante que pintó la ilustración de la portada (resulta que el colegio tiene un departamento de arte chilerísimo y aprenden distintas técnicas. Hay trabajos hermosos, así que desde hace seis años elegimos la portada entre una serie de trabajos de laminado que han hecho en clase). Esta chavita del título y la portada, Ana Isabel se llama, tiene una especial sensibilidad artística y dio esa propuesta. Luego de platicarlo con el grado y hacer votaciones, quedaron sus propuestas de título e ilustración para la portada. Nos pasamos casi todo el año escribiendo y editando cada poema (mi primera clase es una reflexión acerca de qué esperan de la vida y, a partir de ahí, empezamos todo el proceso. El último viernes de septiembre hacemos la presentación del libro publicado, paso con el que termina el proceso), así que el poemario es una reflexión vital de los estudiantes acerca de ese momento de transición que están viviendo.

Hay poemas infinitamente hermosos. Cada año invito a un poeta o una persona que ha dedicado su vida a la poesía para que presente el libro junto con dos estudiantes. Nos han acompañado Luis Méndez Salinas, Carmen Matute, Víctor Muñoz, Francisco Méndez y Ligia Pérez, este año invité a Javier Payeras. La actividad fue un momento luminoso, pues me permitió confirmar que sí, los chavos son seres sensibles que están dispuestos a expresarse una vez que se les dé la oportunidad y se les tome en serio. Ver a los casi 99 estudiantes leyendo sus poemas espontáneamente y a varios de sus papás comentando acerca de poesía es algo que todo maestro sueña (o debería soñar). En esta presentación me emocioné mucho (y, siendo sincero, me pasa lo mismo todos los años). Javier hizo una reflexión acerca de la poesía, la vida y la juventud: ¡gracias Javier por compartir tus palabras, que es compartirte todo vos!

Luego de la presentación, hubo fotos, café, refresco, donas, firma de libros y mucha conversación. Sin embargo, lo que más me enorgullece es lo que quedó en los chavos después de la presentación: la certeza de que pueden usar la palabra para amar, defenderse, vivir e intentar ser felices. Me alegra mucho saber que muchos de ellos se tomaron en serio la oportunidad de convertirse en sus palabras y salir a navegar al mundo montados en la poesía. Creo que mi trabajo como profesor de literatura tiene sentido.

Hace unos meses, debido a varios imprevistos, en el colegio me propusieron que también coordinara el área de ciencias sociales, por lo que ya no doy clases, así que este libro fue el último que me encargué de coordinar por completo, ya que el próximo año será un reto del nuevo maestro continuar con esta tradición… pero no sé, a lo mejor me aproveche de mi posición como encargado del área y me encargue de seguir, despóticamente, con mi proyecto favorito porque me encanta saber que hago algo real en clase con esos chavos. Ahí les cuento el próximo año en estas fechas qué hice al fin, si cedí ese privilegio o si seguí empatinado con la docencia y la poesía.

Posdata: en otra nota, les compartiré la dirección con las fotos y las palabras oficiales de la presentación de Bajo la piel. Perdónenme por no ser el malataza de siempre, pero a veces siento que también necesito compartirles acerca de las cosas bonitas que me pasan en la vida. La próxima semana espero estar de vuelta en mi estado amargado natural.