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Cosas que me… desesperan (los pinches trámites en los bancos)

Ayer, me puse una camisa que no me gusta y salí trabajar. Tuve mi rutina de inicio del día de lo más normal: desayuno, lectura de noticias, viaje en el bus, lectura en el bus… todo bien, lo que no sabía es que me esperaban las peores horas continuas del año. Llegué a mi oficina y empezó el desfile de problemas: información incompleta, mi jefa insatisfecha por una actividad del día anterior, gente irresponsable por la que yo tengo que pagar las consecuencias, entrega tarde de trabajos, quejas, un proyecto con más de dos semanas de retraso con aún más retraso, una universidad irresponsable no me entregó un recibo que me serviría para cuadrar unas cuentas, mucho trabajo por hacer, en realidad, hasta acá todo iba más o menos normal en un día cotidiano de mi trabajo, un poco peor, pero nada exageradamente terrible. Sin embargo, el acabose llegó cuando recibí muy tarde un cheque que me serviría para hacer un pago que debía cancelar ayer obligatoriamente. Como ya no me servía que el mensajero hiciera el trámite, decidí que lo haría yo personalmente al salir del trabajo. Tremendo error.

Salí media hora antes de mi oficina con la intención de llegar temprano al banco, hacer la cola inmensa que me esperaría y aun así estar en mi casa alrededor de las cinco y media. Caminé desde la 18 calle y 13 avenida al Banco Industrial que está en la séptima avenida cerca de la 11 calle, pero a mí me gusta mucho caminar por la zona 1; de hecho, quien no haga esto en su rutina semanal se pierde de un gran ejercicio de re-conocimiento del mundo. Hice cola como media hora, pero todo estaba bien, es lo que tenía contemplado. Estuve leyendo Diccionario esotérico todo ese tiempo. Al llegar con el cajero, le sonreí y le expliqué mi trámite: depositar dos cheques en dólares a mi nombre en la cuenta de otra persona, el problema es que los cheques no eran de ese mismo banco. Me dijo que no había clavos y sonrió. Luego de un par de minutos me explicó que no podía hacer el trámite porque el cheque era no negociable, le dije que los dos estaban a mi nombre, por lo que no entendía por qué no podía hacer el trámite. Resulta que no puedo depositar un cheque no negociable a mi nombre en la cuenta de otra persona. “Bueno ─le dije─ esto se resuelve fácil: voy a ir al banco de la esquina, cambiaré el cheque y regresaré a hacer el depósito”. A lo que el cajero, muy amable, en realidad, me contestó que no podía hacer eso porque no podía depositarle más de $300 dólares en efectivo a una cuenta y que, además, en esa agencia dejaban de hacer trámites en dólares a las 15:30. Empecé a molestarme, pero no dejé que el mal ánimo me frustrara.

Decidí ir al banco G&T que está en la esquina, donde era el hotel Ritz, no había cola, así que pensé que todo iba a salir mejor. Mi plan: cambiar el cheque y enviarle los dólares en efectivo a la persona y que ella viera cómo los depositaba en su cuenta, nada terrible, complicado para la persona, pero era lo que yo podía hacer para que tuviera el dinero disponible hoy. El cajero me dijo, también de forma muy amable, que necesitaba una confirmación de su jefe, así que seguí leyendo, no llevaba ni una página cuando regresó y me dijo que había dos problemas. El primero era que no tenía billetes de $5; el segundo era que uno de los cheques era una cantidad en que incluía centavos y que entonces no podía darme la cantidad exacta. Le sugerí que me diera una cantidad redondeada menor y que luego yo iba a comprar unos dólares para mandarle como $3.42 de más a la persona. Entonces, salió el jefe, sonriente, y me dijo que el problema es que no tenía billetes de a $20 ni de $100. Ahí me salió el primer “mierda” del día. Pero traté de sonreír y le pregunté qué podía hacer. Me dijo que podía ir a otra agencia, donde me podían hacer el trámite sin ningún problema.

Subí la once calle y en la sexta empecé a caminar para el parque central, así llegaría a la agencia de la quinta avenida. Decidí que iba a llamar a la persona a la que tenía que hacerle el depósito y explicarle que pensaba enviarle el dinero en efectivo. Como no me gusta hablar por teléfono mientras camino (sí reviso el Facebook y leo mientras camino, pero hablar por teléfono mientras voy por la calle me parece una aberración total), tomé la decisión de pasar a Caravasar, sentarme en la mesita de afuera y llamar desde ahí. Llegué a Caravasar, saludé a Donald, a Claudia y a Julia y me senté a hacer la llamada. Seguramente, Julia notó que no iba con mi característico buen ánimo que me inunda cuando llego a Caravasar y se fue a sentar a mi lado justamente mientras hablaba por teléfono con la persona del depósito, quien me explicaba que necesitaba que el dinero fuera depositado en cheque por no sé qué cuestiones legales y no sé cuántos. Me sugirió que comprara un cheque de caja y lo depositara en su cuenta en el otro banco. Fue una plática muy amable. Saludé a Julia y le conté que había tenido un día horrible y que la tarde estaba siendo un colofón apropiado. Le expliqué mi situación. Se compadeció de mí y me hizo ver que a esa hora, ya casi las seis de la tarde, no me daba tiempo de ir a los dos bancos a hacer el trámite. Me di cuenta de que tenía razón. Casi me puse a llorar porque sentí que hiciera lo que hiciera ese día nada iba a estar bien. Sentí que todos los problemas de ese miércoles de mierda tenían una dedicatoria especial para mí. Me di por vencido y decidí que ya no podía hacer más porque no me daba tiempo ni tenía las energías suficientes para ir a un centro comercial (¿ya les he contado que no tengo carro, no sé manejar y no me atrae la idea de tener un carro?). Bueno, pensé, la verdad es que tengo un montón de cosas que ir a hacer a mi casa, no podré hacer el trámite, se va a armar un problema, pero ni modo: intenté todo lo que estaba en mis manos.

Seguramente, Julia notó que mi corazón estaba roto y que mi mente se perdía en un universo de desolación, así que me dijo que le podía pedir el favor a Claudia de que me llevara a Fontabella, donde había agencias de los dos bancos. Ella no podía llevarme porque no tenía su carro ahí. La vi con todo el agradecimiento del mundo. Si hablaba algo, toda la frustración de un pésimo día iba a salir en lágrimas que correrían dramáticamente por mis mejillas, así que me quedé en silencio y asentí para agradecerle el favor. Le dijo a Claudia (voy a hacer una pausa para explicar quién es Claudia).

PAUSA PARA EXPLICAR QUIÉN ES CLAUDIA

Claudia es la prima de Julia, es psicóloga. La conocí en la casa de Julia el año pasado, más o menos para estas fechas, cuando Julia estaba diseñando el menú de Caravasar y yo era uno de los invitados a probarlo, lo cual sucedió bastantes veces. Luego, he platicado mucho con ella, pues, al igual que a mí, le gusta ayudar en Caravasar. Entonces, hemos conversado mucho de un montón de temas, especialmente de sus clases de lenguaje de señas. Hace unos días, Claudia renunció a su trabajo y decidió que trabajaría de tiempo completo en Caravasar, pues es un lugar muy bonito para estar.

FIN DEL EXCURSO PARA EXPLICAR QUIÉN ES CLAUDIA

Claudia y Julia llegaron a la mesa. Julia me prestó dinero porque tengo la terrible costumbre de no llevar mucho dinero conmigo ni la tarjeta de débito y ni siquiera la chequera (verán como este detalle será importante dentro lo que sucederá dentro de más o menos una hora en el tiempo del relato). Claudia me dijo que me hacía ganas, solo tenía que terminar unas cosas y nos podíamos ir a su casa a traer el carro (ella vive más o menos cerca de Caravasar). Aproveché para llamar a Enma, mi esposa, y decirle que iba a llegar tarde a la casa porque andaba haciendo mandados del trabajo. También llamé al Banco Industrial para explicar mi situación y preguntar si era posible lo quería: ir a otro banco, comprar un cheque de caja y depositarlo en el BI. Me dijeron que sí, que todo estaba nítido. Al rato salimos.

Fuimos a la casa de Claudia y, en menos de diez minutos, ya íbamos para la zona 10. Encontramos tráfico normal, pero yo iba súper estresado (no sabía la ridícula propuesta de Arzú para acabar con el tráfico en la ciudad. De hecho, me da risa porque cuando les di clases a sus nietos  y a su hija menor ellos iban a clases con sus guardaespaldas en camionetas de esas todas polarizadas, con más armas que gasolina, o sea, no había ninguna posibilidad de que llegaran en el bus del colegio). Llegamos unos minutos antes de las siete de la noche a Oakland Mall porque el tráfico nos llevó para ahí. Yo iba con la camisa de fuera, pero a esa hora ya no me importaba nada, solo quería hacer el trámite y regresar a mi casa.

En el banco G&T, esperamos unos cinco minutos y el señor de la mesa me explicó que todo estaba bien. Sonreí y dije que las cosas no podían ser tan malas. De repente, me pidió mi chequera. ¿POR QUÉ?, pensé, y se lo pregunté inmediatamente. Me dijo que solo me podía vender un cheque de caja si lo pagaba con un cheque propio. “Rayos ─pensé─, solo esto me faltaba”. Le expliqué muy amablemente que no llevaba mi chequera conmigo, a lo que me contestó que entonces no podía hacer el trámite. Volteé a ver a Claudia como para pedirle que me ayudara con sus súper poderes de psicóloga. Noté el desconsuelo en su rostro. Luego de una amable discusión, me di cuenta de que no podía hacer nada. Ahora sí, sentí cómo el abismo es de inmenso cuando uno está cayendo en él. Toda la frustración del mundo cayó sobre mi espalda y sentí cómo de repente envejecí un lustro más. Supe que hiciera lo que hiciera el pinche sistema bancario estaba determinado a acabar con mi dignidad, que ya no tenía esperanzas, que había desperdiciado más de cinco horas en un trámite que no podría hacer. En lugar de llegar a mi casa y cenar tranquilamente, ver un episodio de Homeland, la serie que ocupa mis días en Netflix en estos días, platicar con mis hijos acerca de su día, escuchar las anécdotas de Sofía en el colegio… había pasado más de cinco horas inútiles pensando un trámite que estaba destinado a no realizarse. Kafka se sentiría orgulloso de mi día.

Claudia me dijo que pasáramos al Banco Industrial a preguntar si había algo que pudiéramos hacer. Fuimos. Está enfrente. Esperamos menos de cinco y nos atendieron. Un amable señor, luego de escuchar lo que deseaba hacer, me dijo que fuera al banco de enfrente y comprara un cheque de caja (“Puta, ya no quiero saber nada de cheques de caja nunca más”). Le dije que no podía porque no llevaba mi chequera conmigo. Me dijo que esa no era inconveniente, que lo podía hacer con los mismos cheques que intentaba cambiar. Claudia me dijo que fuéramos, pero la verdad es que ya eran casi las ocho de la noche y no tenía ganas de seguir lidiando con el mundo. Le dije que mejor fuéramos al food court a comer algo, si le parecía bien. Subimos y comimos. Platicamos.

En la mesa del food court, tuve una de las pláticas más amenas de los últimos tiempos. Hablamos de tantas cosas. Entonces, supe que, en realidad, soy un tipo afortunado, pues tengo amigos increíbles, que sé que me ayudarán y que todo estará bien en mi vida si los tengo cerca. De camino a casa, platicamos un montón. Llegué. Le dije a Enma que había tenido un día feo y que no me sentía con ánimos de contarlo porque iba a terminar llorando de la frustración. Ulises ya estaba durmiendo (no fue al colegio porque pasó la noche del martes con fiebre), Sofía me contó que se exoneró de hacer los exámenes de Mate e Idioma, que empezó a releer Noche de piedras en el colegio, pero como lo había dejado de lado por un par de semanas sentía que no se recordaba mucho de la historia, así que había decidido empezarlo de nuevo e iba por la mitad. Hablamos de su día, de que hay rumores de que su maestra de Sociales le dé clases de nuevo el siguiente año (¡ya entra a Primero Básico!) y que eso la tiene desanimada porque en esa clase solo les preguntan datos de memoria y que es demasiado fácil, que ella quiere llevar una clase de Sociales bien difícil, en la que tenga que pensar un montón y que le cueste, aunque no saque buenas notas, pero que ella sienta que aprende algo. La abracé. Me fui a lavar los dientes. Ella siguió leyendo. Me dormí.

Desperté más o menos hace dos horas (ahorita son las 3:11de la mañana). Sé que hoy va a ser un día difícil, pero espero que no tanto como ayer. Tengo hambre y me levanto a cada rato a abrazar a Iphone7, quien no deja dormir a Playstation4, su papá, y le mordisquea la cola. Tengo hambre. Decidí escribir este texto antes de ponerme a revisar unos documentos muy importantes que tengo que entregar mañana antes de las cuatro de la tarde porque necesito descargar todas las malas vibras que me quedaron de ayer, y la única forma que conozco de hacerlo es escribir. También quiero dejar constancia de ese día para recordar que siempre puede haber días terribles, pero que siempre contaré con amigos que me ayudarán incondicionalmente, que siempre estarán Enma, Sofía y Ulises y que, a pesar de todo, mi vida es bella. Me levanté a ver y ahí tengo lista mi camisa esperándome.

Hoy iré al banco durante la mañana. Patty me dijo que ella me puede llevar, antes voy a pedir dinero para pagar el cheque de caja. Luego le enviaré un mensaje a la persona que su depósito está hecho y que le ofrezco disculpas por el retraso, pero tuve un par de inconvenientes.

¡Feliz día!

Foto: Torbein Rønning/Flickr