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Cosas que me… dan fama: mis playeras

Por lo general, no compro mi ropa, sino que lo hace mi esposa, quien cada cierto tiempo me avisa que me compró camisas. Me cae mal ir de compras, no soporto la idea de encerrarme en un lugar para elegir algo que una tienda decidió que sería buena para mí y luego sentirme libre porque elegí algo que representa mi independencia y mi forma de ser. Eso me sucede especialmente con la ropa. Cada vez que iba por pantalones o camisas era una situación horrible, buscar tallas y combinaciones de colores y tela es un verdadero reto para la paciencia. Casi siempre compraba lo primero que me quedara con tal de salir rápido. De ahí que nunca tuviera ropa que combinara: usaba pantalones cafés con camisas amarillas (ahora que escribo, pienso en que no es una mala combinación). Además, me iba de las tiendas con ansiedad y dolor de cabeza. Mi esposa, que es una chava súper bondadosa y comprensiva, decidió un día que mejor yo no me fuera cuando tenía que comprar ropa porque yo le pasaba mis malas vibras y terminaba con dolor de cabeza. Así, soy feliz de que en mi trabajo tenga que usar un uniforme y si me ven un fin de semana generalmente ando con un pantalón de lona azul y una camisa tipo con colores neutrales. Soy feliz así.

Sin embargo, a veces, me dan ganas de comprar ropa. Entonces, abro mi Facebook y busco alguna tienda de playeras acá en Guatemala. elijo una talla, un color, un diseño y pido que me envíen alguna playera a mi casa. También he comprado playeras con amigos que las diseñan y llevan a domicilio. Esas han sido las mejores. Casi siempre las compro blancas.

De todas las playeras que he comprado, hay dos en particular que me han sacado buenas anécdotas.

La primera es una playera blanca de talla grande con una ilustración de asinosedibuja: el personaje señalando un número 0 bien grande y diciendo “Ve qué cerote”. Es mi playera más divertida. Sofía se sintió un poco incómoda cuando una vez fui a traer notas a su colegio con esa playera puesta, jajajajajaja. Hace dos o tres años (porque, además, soy de los que usan la ropa por muchos años), presenté una ponencia de literatura en un congreso internacional, no recuerdo si en El Salvador o en Costa Rica, y noté que una argentina veía con atención el dibujo de mi playera. Una de las tardes del congreso, en los pasillos de la universidad (ahora que lo pienso, estoy casi seguro de que fue en Costa Rica), la chava se me acercó y me preguntó qué significaba el dibujo de la playera que había usado unos días antes. Le expliqué de dónde viene la palabra “cerote” y la variedad de usos que se le pueden dar en Guatemala. Se río. Nos hicimos amigos y a veces intercambiamos “Me gusta” en Facebook. Otra vez, iba caminando en el Viejo San Juan, en Puerto Rico, y un tipo se me acercó y me dijo que él había estado una vez en Guatemala, había ido a la Antigua y había aprendido la palabra “cerote”. Estábamos en las afueras del Castillo del Morro y me preguntó si no me daba risa el nombre tan sugerente de ese castillo. Le contesté que no. Se rio y seguramente dudo de mi guatemaltequidad por no reírme de su ocurrencia. Cada vez que camino por la calle y llevo esa playera puesta, la gente se me queda viendo y no sabe si reírse libremente o no. Incluso, he notado que algunas personas me han tomado fotos supuestamente a escondidas. Si no tienen una playera “Ve qué 0”, se están perdiendo una oportunidad de reírse con las reacciones de una sociedad mojigata.

La otra playera que suelo usar y que es un éxito en cuanto a reacciones es la del Chepillín. La playera es de un verde musgo tipo militar y tela fresquísima. Por su material y comodidad, es mi playera favorita, por eso es la que más uso. Esta playera me ha metido en algunas situaciones confusas, como cuando unos conocidos neoliberales de cepa me querían linchar por ser un “fanático de ese asesino disfrazado de héroe”, por llevar con orgullo la cara de uno de “los mayores genocidas de la historia” (pero si no compré la de “Ríosdesangre Montt, pensé mientras me lo decían). Esa discusión me causó uno que otro enemigo de por vida, pero ni modo: nadie me insulta por mi ropa. Sin embargo, la verdadera situación incómoda con esa playera me pasó hace unos cuantos días mientras atendía la barra de Caravasar, la casa de té en la que soy mesero en mis tiempos libres…

Había una pareja de personas de la tercera edad que tomaban vino y veían mi playera muy inquietos. Como me dieron curiosidad, me acerqué disimuladamente y me puse a leer. Entonces, el señor, un tanto enojado, me preguntó que por qué me burlaba del Che y si sabía de su importante. Le dije que era una forma de resemantizarlo y hacerle un homenaje a su memoria. Su pareja le dijo que algo así como; “ya ves, si los jóvenes lo respetan, pero lo ven distinto que uno”. Sonreí. El señor me llamó y me empezó a preguntar detalles de la vida del Che y platicamos un rato acerca de su labor en África y, sobre todo, para la revolución en América Latina. Tuvimos una plática interesante. Entonces, la señora me preguntó si sabía con quién estaba hablando, me quedé desconcertado y le dije “no”.

“Soy el comandante…”, me le quedé viendo y recordé que había escuchado algunas historias de su columna en uno que otro relato sobre el conflicto armado. Se puso a hablar y escuché un montón de sus anécdotas y de su papel en la firma de la paz. Se puso a hacerme un examen de la historia reciente del país, el cual creo que gané. Muy agradable la pareja de excombatientes, por lo que entendí ella también fue guerrillera. Después me puse a pensar que de no haber sido por mi playera de Chepillín no hubiera tenido esa plática tan interesante, me hubiera limitado a no molestar a los señores y llevarles su cuenta.

En El Salvador, un grupo de jóvenes estudiantes de la UES me veían con enojo y risa cuando estaba sentado en una banca leyendo con esa playera puesta. Al rato, me dio miedo que se quisieran acercar y me alegaran por mi vestuario (y es que ya estaba un poco predispuesto porque un salvadoreño, amigo de un amigo, me había amenazado con irme a buscar a la universidad y pegarme por andar hablando mal de unas pupusas feas que me había comido en el campus de la UES. Esa fue una las peleas épicas por Facebook que olvidé comentar en mi texto de la semana pasada). La playera se mete en problemas con la misma facilidad con que lo hago yo: por eso es mi favorita.

Ahorita, que es diciembre y a todo mundo le entra el espíritu consumista, del cual no soy totalmente ajeno, me dieron ganas de comprarme una playera (sí, en ropa es en lo que menos dinero gasto. Prefiero comprar libros que pantalones. Al fin, puedo vivir con tres pantalones a la semana, que repiten cíclicamente 48 veces al año). Me puse a buscar y no he encontrado una que valga la pena. Esperaré a que asinosedibuja se decida a hacer playeras con mi dibujo favorito: el que tiene un payaso deprimido viéndose en el espejo y diciendo: “es verdad, soy un payaso”, a lo José José.

Sinceramente, mi objetivo al escribir el texto de esta semana es que me ayuden a convencer a asinosidibuja para que haga playeras con sus diseños: necesito lucir varios de sus dibujos chingones en mi prominente barriga.

En la fotografía de portada podrá apreciar a Jessie luciendo una de sus playeras, mientras sostiene un ejemplar de “Los amos de la noche”, de Estuardo Prado; una reseña que, desde Bitviu, consideramos necesaria.