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Amanecer en el señorío Kekchí. De un espectral árbol cuelgan 15 enormes cuencos. Son nidos. Las chorchas acuden para alimentar a sus pichones, creando un maravilloso espectáculo sobre el centro de salud de Lanquín, punto de encuentro para nuestra experiencia de turismo comunitario. El más rústico y vernáculo Kak-ik nos esperaría al final de nuestra faena por el aturquesado río Cahabón.

Tras tres horas y media de remar, dejarnos llevar y nadar por uno de los más puros y caudalosos ríos de nuestro país, flotando entre comunidades que poco habrán de salir a nuestra civilización, viviendo en un mundo del cual no tenemos idea, quizá duro, quizá maravilloso. Tres horas y media observando lo destructivo de la pobreza (para la naturaleza) y lo constructivo de la aventura (para él alma). Todos los sentimientos y los pensamientos revueltos como agua espumosa de los rápidos. Ejercicio suficiente para regresar a la aldea Saquijá, dónde las señoras kekchíes nos esperaban con ese caldo convertido en único por el uso de la hoja “Samat”. Bien podría decirse que el Samat es el culantro tropical, sin embargo, lo encontramos poco en nuestra cocina. De un tiempo para acá, podemos fácilmente llevarlo a casa, pues está en venta casi en cualquier vivero. Se cultiva bien en maceta, pues necesita pocos cuidados. Es recomendado, realmente, para cualquier caldo.

En este viaje conocí una nueva versión de acompañante, distinto de la tortilla y distinto del tamalito, aunque primo cercano suyo: la bola de masa. Bien envuelta en hojas de plátano, no puedo decir que fue especialmente deliciosa, pero sí muy vistosa y…llenadora.

Supongo que el chunto o chompipe era un lujo difícil de obtener en la aldea, así que nuestro plato fue elaborado con gallina. Suertudo que soy, me tocó una suave pechuga de gallinita criolla (no soy afín a la elástica pierna). Arrocito, chile cobanero, güisquil…. ¡Comida como para los TzuulTaaq´a! (Dioses del Cerro).

Sorprendente me pareció el uso del cacao como bebida (parecida pero distinta del Chocolate de Mixco que todos conocemos). Sí, también nos la sirvieron caliente. Peculiar almuerzo con una bebida caliente, en un lugar caluroso, tras mucho ejercicio. Pero bien aconseja el dicho “a dónde fueres haz lo que vieres”. Luego apareció la versión fresca de esta misma bebida, y un poco más dulce. Toda una delicia rústica de chocolate.

Las cocineras kekchíes cocinaron con empeño sobre una buena brasa, haciendo uso del comal y de un gran perol, convirtiendo sus costumbres cotidianas en un romántico y especial encuentro de este Glotamundo con el alma de nuestro pueblo. Un pueblo tan diverso, tan distante, tan necesitado de puntos de encuentro.

¿Volveré a repetir este lugar? Oh sí, tan hermoso, tan único, tan distinto. Tan cercano del cielo como del infierno.